
Alejandro Marzioni nació en Buenos Aires en 1980. Estudió Letras, viajó por el mundo y escribió prosa y poesía. Aunque en el 2005 ha publicado un libro de poemas, piensa que, por el momento, o al menos hasta un arbitrario plazo que podría ser la edad de cuarenta años, no tiene interés en publicar formalmente libros porque prefiere dedicarse a corregirlos y a escribirlos. Es conocido en algunas tertulias como el anacrónico roussoniano que opina, ocultando una fuente borgeana, que el verso libre ha sido una orgía diabólica pero hoy es una manera de caminar, una forma establecida, tan trillada como un soneto en el siglo de oro español y, para colmo, no asusta a ningún burgués: más bien conforma una secta un tanto intelectual que confunde la poesía con cualquier desparramo de palabrejas. Por eso, y también porque le gusta, ha escrito libros enteros de verso medido, como Soneto del desasosiego, un explícito homenaje a Fernando Pessoa, pero también sabe apreciar la poesía en todas sus formas, incluso la del verso libre. En cuanto a la prosa, le gusta hacer con ella poesía. Alejandro Marzioni tiene en proceso algunos proyectos interminables, por ejemplo, un libro de viajes sobre el centro de Europa, el Norte de África y el sur de América, así como un ensayo poético, de género igualmente confuso, sobre la cultura argentina de todos los tiempos. Actualmente anda en las nubes, o perdido.
-Autobiografía-
(Del poemario Siempre Sísifo)
No he nacido en la abadía antigua
de sombríos ventanales góticos
bella y fría como un lago suizo.
Tampoco tengo un oso encerrado en un castillo
para hablarle de mis joyas:
mi petaca, el raído sobretodo
y una infancia no feliz.
Mis pies no están deformes
pero digo mal las erres como un recién llegado
de un verano licencioso en las calles de París.
No he podido, todavía,
dirigir la bestial lucha de los revoltosos griegos
contra el yugo de los turcos, ni morir entre los moros
por el mero pasatiempo de joder a los cristianos.
Sin embargo, sin embargo,
sí lo hice de algún modo
estas cosas que se hacen por querer ser un poeta
empezando por el goce de no ser jamás dichoso
y adorar como a la luna a la tristeza.
Pobre idiota, qué grotesco,
declararon los juiciosos,
sin embargo, sin embargo,
no faltó una mujer bella que haya dicho a sus amigas:
conocerlo es peligroso.
Nunca quise la fortuna, he pensado que es hermoso
prender fuego algún dinero,
más hermoso que apuntar a los relojes
con fusiles confiscados por el pueblo.
Soy del pueblo,
pero pude sin embargo malvivir como un magnate
navegando entre palmeras por el legendario Nilo
y después volver al pueblo,
que me odien por inútil y me digan
nunca has vuelto
porque acaso sea cierto.
Cómo pude –me preguntan- haber sido un buen colega
de una turba de borrachos de la bien latina América
y otro día ver Venecia.
Todavía no ha salido mi buen libro publicado
sin embargo, sin embargo,
estas cosas que uno hace por querer ser un poeta
de algún modo me han pasado
como alguien que hoy me advierte
que ya cumplo treinta años
y no sé, como de niño, dónde voy, qué estoy haciendo,
para qué me quedo solo
en qué mundo estoy parado.
Estas cosas tan absurdas y anodinas que se hacen
por querer ser un poeta
como si uno no supiera que
para ser un poeta
solamente es necesario escribir un buen poema
que tal vez tendrá tres versos, una nube que ha pasado,
hojas secas del otoño
y ojos secos de tristeza.
-La voz-
(Del poemario Los cristales)
La tenue telaraña en la pirámide.
Jorge Luís Borges.
En una calle de Aswuan,
entre ásperas maderas de calesas destruidas,
un anciano recuerda una voz.
No recuerda la palabra Nilo,
ya no sabe del desierto (ya está en medio del desierto),
ya no sabe qué es camello ni tampoco poesía.
Es el único del pueblo que jamás discute precios,
para algunos es mendigo,
para otros es profeta,
es el único del mundo que recuerda aquella voz.
Yo lo miro, pero él no puede verme, ya está ciego.
Hay diez manos que me empujan,
hay diez voces que me gritan ofreciéndome el almizcle,
altos nubios de madera, las babuchas.
¿Cómo era? –le pregunto.
¿Cómo era? –le suplico. ¿Cómo era aquella voz?
No me oye,
ni tampoco estará oyendo del mercado el vocerío,
ni el llamado a la mezquita cinco veces por jornada,
ni el llamado de la muerte treinta veces cada día.
No me oye, pero cada vez que quiere
puede oír aquella voz.
Un lejano día
en un puerto despoblado del Mar Rojo
un francés le dijo: “en mi pueblo ya no soy más que un extraño”.
Un lejano día… -yo recito, y el anciano,
despertando de repente me replica: “Fue una noche,
compre algo, por favor”.
Yo le compro una banana por el precio de un papiro, lo sacudo,
-¿cómo era?
y detrás del sol de Egipto,
otro sol más despiadado me flagela la cordura.
El anciano, el profeta o el mendigo,
reconoce los billetes con tres dedos derretidos: “fue una noche”.
De su boca, mi esperanza, es la única propina.
Su recuerdo es un tesoro que las palas nunca hallaron,
faraón insospechado de la África profunda.
Ya está ciego, casi sordo,
con un grado más que ascienda el calor de los desiertos
su recuerdo se ha perdido y la voz ya se fulmina,
es la voz de Arthur Rimbaud.
-Solitaria silenciosa-
(Del poemario Solitaria)
No te importa que acabe un claro día
sin que nadie de ti sepa una cosa:
que has pasado y tu paso no se oía,
silenciosa.
Has pasado con un gentil talento
e invocabas aplausos merecidos.
Has pasado, tu paso leve y lento
no hizo ruidos.
Con sus dulces y anónimos favores
frescos frutos del árbol han crecido.
Aunque nadie conozca sus sabores
han caído.
No te importan jamás a ti tampoco
los elogios de un mundo degradado,
aunque nada se sepa o aunque poco
has pasado.
Las envidias del ego no te atañen
ni te tienta la gloria voluntaria,
nunca dañas aunque siempre te dañen,
solitaria.
Yo te amo, y tú también lo haces,
tu manera de amar la vuelvo mía:
aunque nunca en la vida lo notases
te amaría.
Nadie oía tus pasos cuando viendo
los disturbios pasabas sigilosa,
nadie supo que tú te estabas yendo
solitaria, silenciosa.
-Sonetos XIV-
(Del poemario Soneto del desasosiego)
Hay un grupo de niñas, de nenas muy contentas
que van tomando juntas la curva del camino.
Sus voces son tan dulces que pronto me imagino
un coro de felices e ingenuas Cenicientas.
Las veo que se alejan, ¿serán ellas dichosas
tal como son sus voces cantando en el sendero?
Las veo que se alejan, la vista es bella pero
de pronto siento un triste pesar por muchas cosas.
¿Será por el futuro que acaso les aguarda?
¿Por la inconciencia pura que ahora las resguarda
hasta que un día nunca más vuelva a ser así?
Ignoro cuál ha sido la causa de mis penas,
no sé si fue por ellas, aquél grupo de nenas,
o al verme frente a ellas sentí pena por mí.


2 comments:
Me gustó mucho Autobiografía. Gracias por tu comentario.
Sin duda uno de los mejores poetas de actualidad, y no solo en la lengua espanola. Un Mallarmé argentino cuya capacidad de penetrar las cosas es incomparable. Lo único que no le salió bien fue haber nacido en esta época.
De un poeta checo.
Post a Comment